Lo que llamamos polarización…¿es un apocalipsis zombie?
En algunos ámbitos de la ciencia más abierta y creativa se viene hablando hace tiempo de la posibilidad de que formemos parte de un universo inteligente, de un sistema complejo y vastísimo que aprende y evoluciona a través del tiempo. Parece una novedad que llega tras la teoría de la relatividad, la física cuántica o la teoría de cuerdas, pero ya Baruch Spinoza, en el siglo XVII, llegó a una conclusión parecida cuando afirmó: “Todo lo que es, es en Dios, y nada puede ser ni concebirse sin Dios.” Para él, Dios no era una entidad separada, sino la propia naturaleza entendida como totalidad viva.
Siglos después, la ciencia moderna ha expresado intuiciones similares en otros términos. Carl Sagan lo formuló de manera sencilla: “Somos una forma en que el cosmos se conoce a sí mismo.”
Las consecuencias de esa idea son amplísimas, y quizá podrían ayudar a explicar por qué las prácticas meditativas o el contacto con la naturaleza nos rescatan del malestar y nos aportan tantos beneficios físicos y mentales. No es casual que el biólogo Edward O. Wilson señalara que “la naturaleza sostiene la mente humana; sin ella nos marchitamos.” Hoy en día abundan los estudios que prueban la influencia beneficiosa de estos hábitos.
También sería interesante reconocer cómo las actuales condiciones de vida —urbanas, contaminadas, hiperconectadas, medicalizadas en exceso, alimentadas con productos procesados y sometidas a estrés continuo— traen consecuencias negativas para la salud física y mental. No es que esto no se haya estudiado, pero rara vez parece ocupar el centro de nuestras prioridades colectivas.
Por otra parte, los grandes divulgadores actuales de la ciencia del cerebro han avanzado enormemente en la comprensión de su funcionamiento, no solo desde la fisiología, sino afrontando la gran incógnita de la consciencia. Hoy sabemos que el cerebro no se limita a registrar el mundo: lo construye activamente. Como explica el neurocientífico Anil Seth: “No percibimos el mundo tal como es, sino como lo predice nuestro cerebro.”
Los experimentos muestran con claridad que el cerebro crea, completa e inventa para dar coherencia a nuestras experiencias pasadas, presentes y futuras. De alguna manera, esta funcionalidad nos permite co-crear nuestra realidad. En palabras de la investigadora Lisa Feldman Barrett: “El cerebro no reacciona al mundo; lo construye.”
Sabemos también que el cerebro no distingue con precisión entre realidad e imaginación. Los circuitos neuronales que procesan percepciones e imágenes mentales se superponen, integrando ambas en el ámbito de lo real y generando respuestas físicas a estímulos solo imaginados.
Y con todo lo que sabemos hoy, nos encontramos con una realidad sorprendente del siglo XXI: la deriva poco razonable de nuestras sociedades democráticas. En aquellos países donde podemos elegir gobernantes, se extiende la selección de líderes cada vez más extremados, groseros y alejados del bien común.
Las ciencias de la mente vivieron una gran expansión gracias a las nuevas técnicas de exploración no invasivas, y los primeros en recoger y aplicar muchos de esos hallazgos no fueron los filósofos, sino los profesionales del marketing y la publicidad. Ya en 1928, Edward Bernays reconocía abiertamente: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática.”
Esto llevó al desarrollo de estrategias cada vez más eficaces de persuasión orientadas a crear necesidades artificiales y a impulsar el consumo. Con la llegada de internet y las redes sociales se abrió un nuevo campo experimental: el producto pasó a ser nuestra atención. Como advierten hoy los expertos en tecnología, “si no estás pagando por el producto, entonces tú eres el producto.”
El resultado ha sido una sociedad crecientemente adicta a contenidos diseñados para explotar nuestros sesgos cognitivos. Convertidos en consumidores pasivos de ideas elegidas por otros, el círculo se cierra. En manos de muy pocas personas está la capacidad de decidir el menú mental de millones de individuos.
Nuestro cerebro sigue intentando mantener coherencia en medio de ese bombardeo. Y cuando la realidad se vuelve demasiado compleja, crea narrativas que la simplifican, aunque sean falsas. Hannah Arendt lo expresó con lucidez: “El sujeto ideal del totalitarismo no es el convencido, sino aquel para quien ya no existe la distinción entre verdad y mentira.”
De ahí la proliferación de teorías conspirativas y la facilidad con que muchas personas aparentemente inteligentes adoptan visiones profundamente irracionales. En ocasiones, el panorama recuerda a un apocalipsis zombi: individuos atrapados en bucles emocionales de odio, miedo y confrontación, incapaces de evaluar críticamente la realidad.
Hay días en que esa metáfora resulta inquietantemente precisa. Observamos cómo se genera hostilidad visceral hacia científicos, periodistas o figuras moderadas, mientras se legitima a quienes promueven crueldad o división. Paralelamente, se aceptan sin cuestionamiento teorías absurdas que se difunden con enorme eficacia.
Quizá, en parte, esto también sea consecuencia de esa capacidad del cerebro para construir realidades coherentes a partir de fragmentos dispersos, sumada a una exposición constante a narrativas ficticias de colapso social. En tiempos de confusión, recordar la advertencia de Orwell sigue siendo relevante: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”
Quizá, en última instancia, todo vuelva a la misma pregunta que atraviesa la historia del pensamiento humano: si somos capaces de distinguir entre lo que es real y lo que solo parece serlo.
Nuestro cerebro, diseñado para dar coherencia al mundo, puede convertirse también en el instrumento de su distorsión. Cuando dejamos de cuestionar, cuando delegamos nuestro criterio en narrativas prefabricadas, cuando preferimos la emoción fácil a la comprensión compleja, empezamos a ceder aquello que nos hace propiamente humanos.
Tal vez por eso la metáfora del apocalipsis zombi resulta tan inquietante: no habla de muertos vivientes, sino de conciencias dormidas. Y en ese escenario, la verdadera frontera ya no está entre vivos y muertos, sino entre quienes conservan la capacidad de pensar y quienes la han entregado sin darse cuenta.
Porque, al final, resistir quizá no sea otra cosa que seguir intentando comprender.
Spinoza, Baruj (2022). Ética demostrada según el orden geométrico (Mario Caimi, trad.). Buenos Aires: Colihue.
Villalpando-Flores, AE (sin fecha) “Salud y Calidad de Vida en Espacios Urbanos”.
https://www.revistaesfinge.com/2009/04/31el-universo-inteligente/
https://www.creaf.cat/es/articulos/la-reverencia-por-la-naturaleza-unas-reflexiones-sobre-spinoza-algunos-misticos-y-margalef
https://1library.co/article/teor%C3%ADa-coherencia-central-educacionpersonasadultasconautismo-phpapp.nzwnx8lz



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