La estrella azul y embosqadas: vidas que pasan, se cruzan, se entrelazan y paren mundos
La estrella azul es un película que narra el viaje de un músico zaragozano en busca de las raíces de su admirado Atahualpa Yupanqui. El viaje le lleva hasta la provincia de Santiago del Estero, en el norte de Argentina, donde encuentra un pueblo, una cultura, donde la música es el pegamento que vertebra los vínculos sociales, un código compartido por toda la comunidad, que les convoca a reunirse y compartir bailes, cantos y músicas.
Para un rockero europeo, obligado a pulsar la música desde las reglas del mercado capitalista, encontrar este lugar en el mundo donde la música no es producto, sino cultura compartida, supone un descubrimiento que le hechiza y enamora.
Esa arcadia le permite salir del incómodo lugar que habita quien no encaja en el mundo que ha triturado las comunidades, y entronizado al individuo hecho a sí mismo. Resolver el anhelo profundo de sentirte parte con los otros le aporta un gozo enorme, capaz de recomponer su alma rota, y traerlo de vuelta a casa convertido en un apóstol de la música popular santiagueña.
¿De qué manera está conectada esta historia con Embosqadas?
En dos capítulos entrelazados. El primero me pertenece. Cuando Mauricio regresa Zaragoza, viene a traernos el tesoro que encontró allá. Yo trabajo en esa época en La Vía Láctea, un espacio cultural, y cuando viene a proponer sus actuaciones y a cantar sus ritmos de folclore argentino, muchas no podemos evitar echar de menos a nuestro rock star. Le cedemos el espacio pero añoramos sus viejas canciones, y lo que trae nos resulta ajeno y aburrido. No entendemos su deriva.
A Mauricio se lo lleva la pena, y luego pasan muchos años y muchas cosas. Embosqadas entre ellas.
Mi compañero de proyecto es mucho más joven que yo, no conoció a Mauricio ni vivió ese proceso. Pero escucha su música y conecta profundamente con su mismo anhelo. Y así como el primero partió en busca de Yupanqui, parte Jorge en busca de Mauricio. Se planta allá, habla con quienes le conocieron, se empapa de chacareras, bailes y música. Le cuentan que justo por esos días pasó por allí otro chaval de Zaragoza, que quiere hacer una película que cuente esa historia.
Pasan mas de tres años y una pandemia por medio, y dos proyectos vienen a nacer casi en el mismo momento. Ceibo y encina, un disco-libro con la música que le fue naciendo a Jorge Senar tras el viaje y las anécdotas de su cuaderno de viaje. Y una película de Javier Macipe, que consigue un efecto profundísimo en las personas que la ven.
Y es Zaragoza el lugar donde mas conciencias remueve, donde se produce un hechizo colectivo que nos agarra y no nos suelta. Donde entendemos por fin el viaje de nuestro héroe, y desearíamos, ahora si, escucharle cada día con su guitarra, y sus chacareras.
El mensaje ha llegado por fin a destino, como si hubiera estado navegando los mares dentro de una botella. Muchos ahora formamos parte, por fin, de una comunidad, que vibra sorprendentemente unida por un mismo anhelo.
Macipe y su equipo, se han instalado en una historia que no quiere soltarles, y mucho más allá de la película, son ahora compañeros de fe. Jorge va predicando su disco, acompañado de los mismos músicos que se congregaron con Mauricio para ser semillas de esa buena nueva.
Además ha traído a Embosqadas la música y los bailes, y en los talleres de los campamentos nos invita a probar cómo sería compartir la cultura desde ese lugar, donde es expresión popular y fiesta, y donde ponerse de acuerdo para danzar juntos genera una energía que sana, alegra y cohesiona.



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