Un cielo libre de contaminación lumínica.

By Publicado en - Naturaleza en julio 9th, 2014

noche estrelladaEl cielo es un jardín que florece de noche, cuando el sol se va a dormir a Occidente. Sus flores son las estrellas y su perfume es el silencio con el que nos embriagan. Aquí las llamamos rosas, jacintos o mimosas; allá, en el fondo de la noche, tienen nombres como Vega, Antares o Rigel. Conservan en sí la memoria de los hombres y cobran vida en las aventuras que cuentan los poetas antiguos.

Desde antiguo la humanidad evolucionó preguntándose qué era lo que veía ahí arriba, y es que no hay nada comparable a un cielo nocturno despejado y lo que esa visión implica. Pero, últimamente, el desarrollo industrial indiscriminado y el crecimiento desordenado de las ciudades ha ido llenando el cielo nocturno de luz y nadie advertía que, poco a poco, íbamos apagando las estrellas y la noche agonizaba.

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La contaminación lumínica consiste en la emisión directa o indirecta hacia la atmósfera de luz procedente de fuentes artificiales, en distintos rangos espectrales. El mal diseño del alumbrado exterior, con focos excesivos o mal orientados que envían la luz hacia el cielo en vez de iluminar el suelo, las iluminaciones publicitarias monumentales u ornamentales, etc., generan este problema cuya manifestación más evidente es el aumento del brillo del cielo nocturno hasta el punto de hacer desaparecer estrellas y demás objetos celestes. Las ciudades se cubren con halos luminosos y nubes refulgentes como fluorescentes. La polución lumínica en las grandes urbes (como Valencia, Barcelona, o Madrid), afecta a una distancia de 60 a 120 kilómetros, (la contaminación madrileña llega a Guadalajara y casi Cuenca). Sólo las estrellas más brillantes y la Luna resultan visibles bajo esa neblina gris-anaranjada (en condiciones óptimas, nuestro ojo alcanza a distinguir hasta 3.000 estrellas).

Además, la contaminación lumínica tiene efectos sobre la biodiversidad de la flora y la fauna nocturna (que es mucho más numerosa que la diurna). La proyección de luz en el medio natural origina fenómenos de deslumbramiento y desorientación en las aves, incide sobre los ciclos reproductivos de los insectos, rompiendo el equilibrio poblacional de las especies, porque algunas son ciegas a ciertas longitudes de onda de luz y otras no, afectando así a la flora al disminuir los insectos que realizan la polinización de ciertas plantas.

Y quede claro que tal contaminación no es el precio inevitable del progreso. La mayoría de la luz que oscurece nuestra vista del cielo nocturno es innecesaria, proviene de iluminaciones ineficientes que aportan poca utilidad nocturna. Es energía derrochada. Arreglar este problema significa ahorrar dinero, además de restaurar sobre nosotros el patrimonio invaluable de las estrellas. Las soluciones no pasan por quedarse a oscuras, sino por iluminar mejor.

Es un hecho desafortunado de la vida actual que la mayoría de las personas crecen sin ser capaces de ver las estrellas que nuestros abuelos conocían tan bien. Esto es una realidad no sólo en las ciudades sino que también en los suburbios y áreas rurales, donde los faroles y otras fuentes de “contaminación lumínica” han oscurecido nuestra vista de las constelaciones, lluvias de meteoritos e incluso de planetas. Y a la espera de medidas que regulen este ciego despilfarro, nos preguntamos: ¿quedan todavía lugares para disfrutar del firmamento?.
Sin duda los mejores sitios están en lugares muy altos, bien posicionados, despoblados o con pocas luces, y sobre todo lugares como la Selva de Oza, donde las montañas circundantes tapan las fugas de luz, y nos devuelven los brillantes cielos nocturnos, plagados de constelaciones y de mitos.

Desde Embosqadas, en los Valles Occidentales del pirineo aragonés, os ofrecemos una atalaya privilegiada. Será todo un lujo disfrutar juntos del espectáculo del cielo de verano.

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